La imagen de la noticia

La imagen de la noticia
Autodefensas en Michoacán (foto publicada en Excélsior)
Mostrando entradas con la etiqueta CRIMEN ORGANIZADO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CRIMEN ORGANIZADO. Mostrar todas las entradas

11 de febrero de 2014

De película

Antes que nada, una confesión sólo en apariencia trivial: me encantaron las películas de Facebook.
Y lo digo porque, aunque pudiera parecer un simple entretenimiento, no quiero perder la capacidad de asombro frente a una maravilla tecnológica que ­—sí, me gana mi inquietud como periodista— tiene implicaciones mucho menos festivas y más trascendentes.
Para celebrar el décimo aniversario de su creación, Facebook regaló a todos sus miembros la posibilidad de crear un pequeño video de un minuto en el que se sintetiza la vida de cualquier usuario en esta red social: desde que ingresó, sus primeras publicaciones, las más celebradas, las fotografías compartidas, en una selección que asombra por la rapidez con la que se crea y porque los momentos elegidos sí son de los más significativos, como pude decir de mi caso y de los videos de mis amigos. 
Como suele suceder con las modas virales en internet, este regalo se convirtió rápidamente en objeto de deseo, pero también de odio. Verdaderamente no encontré muchos argumentos sólidos entre los detractores de los cortos, salvo la clásica pose de “yo también estoy en contra de esto”. Pero sí advertí, en un par de comentarios, cierta preocupación sobre el uso de materiales que consideramos de nuestra exclusiva propiedad, aun estando conscientes de que nosotros mismos los pusimos en manos de una empresa estadunidense. 
Sin ser una experta en tecnología, suena razonable pensar que los videos se realizan por medio de un programa automatizado que selecciona las publicaciones con criterios análogos o mediante un algoritmo. Sin embargo, da un poco de escalofrío pensar en la posibilidad de que en realidad hayan sido elaborados por “alguien”,  una o varias personas que tuvieron acceso a nuestra información, a la que creemos que se comparte sólo con nuestros amigos.
De ser así, ese individuo o grupo revisó ese archivo personal, hurgó entre cientos o quizá miles de fotografías y publicaciones, seleccionó con inteligencia aquellas que mejor describieran nuestra forma de ser y armó una historia que, en el caso de los videos de aniversario, puede resultar bonita. Pero que, más bien, pudiera tener otros usos, quizá no tan nobles (léase NSA). Hacen que uno se vuelvaconspiranoico, bonita palabra acuñada por un amigo que resume esta paranoia de nuestros tiempos.
Lo cierto es que las redes sociales nos han convertido a todos en seres públicos, algo que no existía hace diez años y de lo que aún no hemos cobrado plena conciencia. Esto conlleva a reflexionar sobre las responsabilidades que tenemos los ciudadanos comunes respecto a lo que publicamos y, más importante aún, las que tienen quienes, siendo ya personajes públicos, han incrementado su presencia por estas vías y la someten al escrutinio de una comunidad crítica, viva, vibrante.
Facebook no es el álbum familiar de fotografías que le mostramos a nuestros amigos cuando organizamos una tertulia en casa. Es una vitrina pública, un escaparate en el que nosotros decidimos abrir a la revisión de los demás nuestra vida personal. Se puede, desde luego, discrepar de las opiniones y prejuicios de quienes participan en redes sociales. Lo que no se puede hacer es evitarlas o reprimirlas. Son la evidencia más tangible de ese ente etéreo llamado opinión pública.
Los personajes sujetos a exposición mediática no pueden alegar inocencia ya frente a esta dinámica. Un cantante tiene todo el derecho y libertad de publicar en su cuenta de Twitter una foto suya en tanga, pero que luego no se extrañe de la reacción masiva, no siempre de buen gusto. Aún así, este caso y el de las películas de Facebook son protagonizadas por héroes o, en el peor de los casos, personajes de comedia.
Pero ya hemos visto bastantes ejemplos de villanos, así fuera involuntarios. Ya en el pasado, la infidencia de algún amigo de los hijos del líder petrolero Carlos Romero Deschampspuso a la vista de todos la vida de derroches que se presumía en Facebook. El caso más reciente es el de la senadora perredista Iris Vianey Mendoza, quien aparece en una fotografía al lado de la cantante Melissa, hija de EnriquePlancarte, identificado por las autoridades como líder del cártel de Los Caballeros Templarios.
La senadora Mendoza —quien pidió licencia para que la investigue la PGR, aun cuando eso no implique que pierda el fuero— no puede quejarse de la amplia difusión que tuvo esta imagen en redes sociales, cuando ella misma las utilizó hace meses para trivializar su investidura de representante popular al publicar fotos tomando el sol como una iguana, de acuerdo con sus propias palabras.
El caso de Iris Vianey se coloca en una frontera de líneas borrosas, en las que la sola aparición de un personaje público al lado de alguien señalado como delincuente da lugar de entrada a las peores interpretaciones, las más de las veces sin distinguir claroscuros, matices e intenciones. Entre los casos más conocidos está la noticia de que el futbolistaJared Borgetti y el boxeador Julio César Chávez Jr.estuvieron presentes en la fiesta en la que fue asesinadoFrancisco Rafael Arellano Félix, así como las imágenes en Twitter de Serafín Zambada, hijo de El Mayo, en las que aparece el también futbolista Cuauhtémoc Blanco. En otro extremo de la discusión está la foto que se tomaron el periodista Julio Scherer e Ismael Zambada, que si bien fue parte de un ejercicio reporteril, no por ello fue menos polémica.
En todo caso, es responsabilidad de las autoridades investigar si detrás de las imágenes difundidas en internet hay nexos reales con la criminalidad o, en el mejor de los casos, desafortunadas casualidades. Esa tarea de indagar pasa ahora por revisar exhaustivamente las redes sociales, como en otros contextos ya ha demostrado bastante bien que lo saben hacer las autoridades estadunidenses. Quizá por ello la senadora Mendoza haya decidido suspender sus cuentas en redes en lo que se le investiga. No querrá ser la mala de la película.
                Twitter: @Fabiguarneros
Publicada el domingo 9 de febrero en Excélsior

14 de enero de 2014

Autodefensa de Michoacán: Grupos toman más poblados, aumenta la violenci...

Autodefensas

En un lugar sin ley, sin autoridad, no existen armados “buenos” o “malos”.

El maniqueísmo es una forma muy fácil y conveniente de ver al mundo cuando se trata de evitar los problemas o de postergar su solución.
Desde luego, me refiero a la definición peyorativa incluida en el diccionario de la Real Academia e inspirada en las ideas del antiguo filósofo persa Manes, quien decretó la existencia de dos principios creadores, uno para el bien y otro para el mal. Maniqueo se le conoce ahora al que piensa que el mundo se divide en buenos y malos, en blancos y negros, en amigos y enemigos.
Desde luego, la realidad nos muestra un mundo abigarrado, policromático, lleno de matices y grises. Complejo, por decirlo en una sola palabra. Pero eso no significa que el maniqueísmo haya pasado de moda o quede reducido al muy respetable ámbito de las creencias religiosas. Es uno de los ingredientes de la guerra política, quizás el mayor arsenal de la propaganda.
La guerra contra la delincuencia organizada emprendida por el sexenio de Felipe Calderón estaba soportada en una visión maniquea aparentemente convincente y fácil de vender: nadie habría dudado de que los malos eran los cárteles del narcotráfico y los buenos, las fuerzas federales que los combatirían.
Lo que el entonces mandatario y sus estrategas nunca consideraron es que esta narrativa sería trastocada por el lopezobradorismo y corrientes afines, mucho más diestras en la utilización de las visiones maniqueas, que lograron darle completamente la vuelta y convirtieron al gobierno federal en responsable de la muerte de miles de personas a consecuencia de “su” guerra contra el crimen organizado. No importaba si en el mismo costal se incluía a las víctimas colaterales de la violencia y a los decesos, producto de los enfrentamientos entre cárteles. Bastaba corear cifras, 20 mil, 30 mil, 60 mil muertos, para convertir la estrategia calderonista en un fracaso a los ojos de muchos, y sin que pareciera que se estaba tomando partido por los delincuentes.
La realidad es compleja y así tendrían que ser las soluciones. Un buen ejemplo es Michoacán, en la que la responsabilidad del desastre es compartida. A estas alturas es evidente la falta de control del gobierno estatal priista, de un FaustoVallejo del que no se sabe qué hace ni dónde está. Pero tampoco cantan mal las rancheras el panismo, que arrancó justo en la tierra de Calderón la estrategia que hoy tiene un ineludible sabor a fracaso, y el perredismo, que permitió durante el periodo de Leonel Godoy la pérdida gradual del control por parte del Estado en favor de los grupos criminales.
La violencia de principio de año en aquella entidad no debiera admitir tampoco visiones maniqueas, sino explicaciones detalladas para comprenderlas. No ayuda saber en este momento quiénes son los buenos ni los malos. Los grupos de autodefensa que paulatinamente se han ido extendiendo por territorio michoacano son, ineludiblemente, una alteración del orden, una anomalía que debiera corregirse, están fuera de la ley. No son parte de la solución, sino del problema, y así debiéramos verlo inequívocamente.
Pero lo cierto es que el humo de los autobuses abrasados por el fuego no permite ver con claridad un escenario en donde hasta los propios Caballeros Templarios, que son indiscutiblemente “los malos”, se atreven a jugar con la retórica justiciera. Los grupos de civiles armados —que según el gobierno federal están al margen de la ley— alegan que no les quedó más remedio que recurrir a ese extremo ante la ausencia de autoridades locales que protegen negocios legítimos. Pobladores bloquean carreteras en contra de las personas que con capuchas y armas pretenden lograr justicia por propia mano. Surgen versiones de que estas protestas en realidad son manipuladas por el cártel que rivaliza con los Templarios, quienes son combatidos a su vez por Manuel Mireles, líder de los autodefensas, que justo por esa razón está bajo protección de las autoridades federales tras sufrir un extraño percance de aviación. ¿Entendió usted algo, amigo lector? Ni yo.
El problema no es teórico, lamentablemente. A aquello que se vive por allá se le puede llamar de cualquier forma, menos normalidad. ¿Cómo explicarle a los niños de aquellas regiones lo que pasa en su ciudad, en la que ven personas armadas por la calle que no traen uniformes, con la zozobra de no saber en qué momento se atravesarán con un fuego cruzado, sin saber, ni siquiera para efectos de tranquilidad, cómo decirles quiénes son los malos y quiénes los buenos?
La solución no es sencilla, pero lo que es ineludible es el objetivo: restaurar el Estado de derecho. Reconocer sin ambages que lo que impera en este momento en Michoacán no es un gobierno y que es imperativo reencauzar la vida de aquellas poblaciones por la vía institucional, una en la que las encargadas de procurar justicia sean las autoridades establecidas bajo las reglas democráticas que rigen a todo el país y no por la de aquellos que se autonombran los buenos y suplantan lo que debiera ser función inequívoca del Estado.
Frente al caos no hay autodefensa posible. No existen armados “buenos” ni “malos”. Sólo deben estarlo aquellos que, facultados por un régimen democrático, ejerzan el monopolio de la violencia establecido exclusivamente para que la totalidad de los mexicanos crezcamos en un clima de paz.
El que se imponga la legalidad es la única ruta. ¿Cuántos vehículos, comercios o alcaldías incendiadas habremos de ver antes de que eso ocurra?
                Twitter: @Fabiguarneros

Columna publicada en Excélsior el domingo 12 de enero

25 de marzo de 2013

Víctimas...


La mañana del jueves 23 de junio de 2011, en el Castillo de Chapultepec, un numeroso grupo de ciudadanos mostró el dolor de un México herido por el crimen organizado y lastimado por la omisión de las autoridades, más bien del Estado, el responsable de garantizar la seguridad y la paz para todos sus ciudadanos.
¿Se acuerdan? Hablo de aquella reunión en la que las víctimas fueron representadas por Javier Sicilia, Julián LeBarón, Araceli Rodríguez Nava, María Elena Herrera y Norma Ledezma, y las autoridades, por el entonces presidente de la República, Felipe Calderón, su esposa Margarita Zavala, la que fuera procuradora Marisela Morales y los entonces secretarios de Gobernación, Francisco Blake Mora, y de Seguridad Pública, Genaro García Luna, entre otros funcionarios de ese gabinete.
Aquel histórico encuentro —lo califico así porque no se había dado uno igual, en donde los ciudadanos de a pie encararan y reclamaran de tal forma a las autoridades— inició con un minuto de silencio por los muertos, las víctimas inocentes de la guerra contra el crimen organizado.
Javier Sicilia dijo a Calderón: “Ustedes son responsables de las 40 mil víctimas de la guerra contra el crimen. Está obligado a pedir perdón por los muertos”. Ese día el poeta, quien perdió un hijo en la que llamó “una guerra atroz”, pidió la creación de una comisión ciudadana de la verdad, un nuevo modelo de justicia y un nuevo sistema político.
Cuando terminó Sicilia, Felipe Calderón le preguntó si en verdad creía que todo era culpa del gobierno, si no le habían hablado de Los Zetas y de los grupos criminales durante su caravana, si realmente creía que replegando a las fuerzas federales el crimen dejaría de secuestrar, extorsionar y generar violencia. Le dijo que la disputa de cárteles contra cárteles es lo que genera la violencia y encuentra complicidad en autoridades corruptas.
Felipe Calderón admitió que había que pedir perdón, pero por no haber protegido a las víctimas inocentes. No pediría perdón por actuar; que si de algo se arrepentía era de no haber empezado antes la guerra contra el crimen.
María Elena Herrera —madre de cuatro hijos desaparecidos, dos de ellos secuestrados en Veracruz— denunció que la PGR y García Luna no le habían hecho caso. Les dijo algo cierto, que cuando yo lo escuché me estremeció: “…en México, las víctimas primero tenemos que superar el miedo, después la humillación de las autoridades…”
Al salir de esa reunión, Julián LeBarón —quien perdió en Chihuahua a su hermano y a un amigo, los dos, activistas contra el secuestro— anunció la continuación de una caravana de ciudadanos que recorrería todo el país en busca de más víctimas del crimen organizado.
En 2011 hablaban de 40 mil muertos; hoy se dice que la cifra superó los 60 mil o más. Esa mañana de junio, sin tenerlo del todo claro, se esbozó lo que hoy es la Ley General de Víctimas, una legislación que también nació atropellada, primero vetada por Calderón, luego publicada por Enrique Peña Nieto con un sinnúmero de imprecisiones y omisiones que obligaron al Senado a confeccionar una nueva con 150 cambios, aprobados el pasado jueves 21 de marzo.
La caravana de esta nueva ley aún no concluye, pues tendrá que esperar la aprobación final de la Cámara de Diputados y sortear un nuevo obstáculo: ¿De dónde saldrán los recursos para crear, por ejemplo, el fondo económico de protección a las víctimas? El documento aprobado por los senadores dice que la federación y los estados tendrán que destinar recursos etiquetados para este fin. Insisto en la pregunta: ¿De dónde saldrá el dinero si los estados están endeudados, como Coahuila, y algunos en banca rota, como Tabasco, con el reciente fraude del ex gobernador Andrés Granier?
Y aunque tuvo que pasar un año nueve meses para darle, por lo menos, seguridad jurídica a las víctimas del delito, hoy podemos decir que gracias al activismo de ciudadanos como Javier Sicilia, Alejandro Martí y María Elena Morera, hoy hay una ley que protege a las víctimas o a los familiares de los muertos y desaparecidos, pero falta camino por andar.

Les comparto el enlace:
Víctimas 2013/03/24 | Excélsior

23 de abril de 2012

2012

2011 nos mostró un México violento y corrupto.

Yo no olvido al año viejo, porque me ha dejado cosas… que cambiaron la percepción del país en el que nací y vivo.
La llegada de 2012, el año de los cambios, nos obliga a tener presentes los sucesos que enlutaron a México y nos mostraron una realidad que se callaba por miedo, por no saber cómo enfrentarla o, lo peor, porque dejaba al descubierto una red de complicidades entre autoridades, políticos y crimen organizado.
2011 fue un año de enseñanzas difíciles. Las fosas clandestinas halladas en Tamaulipas y Durango, donde encontraron 193 y 246 cuerpos, respectivamente, nos mostraron una problemática poco atendida por las autoridades: la desaparición, maltrato y extorsión de los migrantes nacionales y extranjeros que buscaban cruzar el país de sur a norte.
El año que terminó fue uno de los más violentos. El crimen organizado respondió a la guerra que le declaró el gobierno federal con ataques a la población y tirando cadáveres por todo el país para generar temor entre los habitantes. Las autoridades federales calificaron, incluso, como actos terroristas las acciones de los grupos criminales.
El 25 de agosto, justo a la hora de la comida, 12 sujetos ligados a la organización de Los Zetas incendiaron un casino en Monterrey, para asustar a los dueños que se negaban a pagar la cuota de extorsión. Murieron 52 personas. Este acontecimiento también exhibió el chantaje que Jonás Larrazabal, hermano del alcalde de Monterrey, realizaba a los dueños del establecimiento.
Veracruz, Sinaloa y Jalisco fueron escenarios de matanzas. En Boca del Río, el 20 de septiembre fueron arrojados 35 cadáveres frente a un centro comercial; el 25 de noviembre en Culiacán fueron hallados en un automóvil 16 cuerpos calcinados, y al día siguiente, el 26 de noviembre en Guadalajara, el crimen organizado abandonó 26 cuerpos en tres camionetas.
Seis alcaldes murieron víctimas de la delincuencia organizada: Saúl Vera, de Zaragoza, Coahuila; Abraham Ortiz Rosales, de Temoac, Morelos; Luis Jiménez, de Santiago Amoltepec, Oaxaca; Fortino Cortés, de Florencia de Benito Juárez, Zacatecas; José Eduviges Nava, de Zacualpan, Estado de México, y Ricardo Guzmán, de la Piedad, Michoacán.
Apenas, el 22 de diciembre, en la carretera Tempoal-Pánuco, en la zona fronteriza con Tamaulipas, otro grupo criminal atacó a tres autobuses con pasajeros. El saldo: 16 muertos, 11 civiles y cinco presuntos atacantes.
Otra revelación que trajo el 2011 fue el nivel de penetración del crimen organizado en la política y procesos electorales. El presidente Felipe Calderón declaró que en la elección en Michoacán, el crimen organizado amenazó y bajó a más de 50 candidatos locales.
Fue el año de Presunto Culpable y Miss Bala, retratos de nuestro fallido sistema de procuración de justicia.
En el terreno político también hubo lecciones, como la falta de acuerdos en la Cámara de Diputados para designar a tres consejeros del IFE. Después de 14 meses, en la última sesión del año, el 15 de diciembre, se dieron los nombramientos; mientras tanto, la autoridad electoral se aprobó un bono de 150 mil pesos extra para cada consejero, a fin de compensar la carga de trabajo.
Vinieron los destapes presidenciables e inició el proceso electoral con nuevas reglas que definen lo permitido y lo prohibido en periodos de precampaña, pero que dejan en libertad a los candidatos únicos de hacer lo que quieran, porque no se contempló en la ley esa figura, salvo el impedimento de aparecer en spots de radio y televisión.
Los hechos del 2011 nos obligan a pensar qué tipo de país queremos reconstruir, sobre todo cuando tenemos en puerta la elección presidencial y la renovación del Congreso de la Unión, el próximo 1 de julio del 2012.
Yo no olvido al año viejo...
        *Subdirectora editorial de Excélsior
            Twitter: @Fabiguarneros

 Publicado el 1 de enero de 2012, les comparto la liga:

http://www.excelsior.com.mx/index.php?m=nota&id_nota=798393

La amenaza

El crimen organizado es un riesgo para la democracia.

La penetración del narcotráfico en la política mexicana y en sus procesos electorales es un asunto delicado que no puede quedar en la simple declaración o en el anecdotario de las frases de campaña. Tampoco debería ser un tema utilizado simplemente para restarle popularidad y votos al adversario político.
El crimen organizado es un riesgo para la democracia, penetra y soborna conciencias, impone candidatos, financia campañas, amenaza y quita del camino al político que contraviene sus intereses.
Cuando se denuncia la presencia del narcotráfico en elecciones, estamos hablando de dinero ilícito, de presión, del control que ejercen en ciertos lugares del país y de violencia extrema.
Recordemos dos hechos recientes: el 2 de noviembre mataron a Ricardo Guzmán, alcalde de La Piedad, Michoacán, mientras repartía propaganda de Luisa María Calderón, candidata panista al gobierno del estado, y el 28 de junio asesinaron a Rodolfo Torre Cantú, aspirante a la gubernatura de Tamaulipas, por la alianza PRI, PVEM y PANAL.
Excélsior en su edición del 13 de noviembre publicó que el narco bajó de la contienda electoral de Michoacán a 52 candidatos a presidentes municipales y diputados locales, porque fueron amenazados. El presidente Felipe Calderón retomó el asunto y refirió que el crimen organizado dijo a esos aspirantes  “o te alineas con nosotros o te desaparecemos” y pues mejor renunciaron.
Calderón tomó la decisión de denunciar la injerencia de las organizaciones criminales en los procesos electorales, pero ¿por qué hasta ahora, si el narcotráfico no surgió por generación espontánea?
El crimen organizado ha ido ganando espacio en los territorios del país donde la ley no se respeta, se fracturó el Estado de derecho y se corrompió a la autoridad. Es en esos lugares donde los jefes de la plaza tienen injerencia y control sobre los gobiernos, legisladores, policías y la propia comunidad.
En esos territorios —que bien pueden ser Michoacán, Tamaulipas, Durango, Chihuahua, Sinaloa, Coahuila, Guerrero o Veracruz— el narcotraficante actúa como benefactor, construye escuelas, calles, genera empleo, cobra por garantizar la seguridad; es decir, sustituye al Estado.
El poder que construye el narcotráfico no se ejerce en las catacumbas del país, sino a la vista de todos. Y hoy nos enfrentamos a la tentación que representa su influencia y dinero.
Los efectos del crimen organizado son una amenaza para todos, nadie puede gobernar amedrentado o en un clima de guerra, de violencia extrema o con el peso de los muertos que arroja esta actividad criminal.
El dinero y la violencia que produce el crimen organizado no deben convertirse en un arma de campaña para vencer al enemigo, porque entonces estaríamos menospreciando la realidad y las llamadas de atención de ciudadanos como los maestros de Acapulco o los médicos de Ciudad Juárez, que salieron a las calles a protestar porque están cansados de las amenazas de las organizaciones delictivas.
En esta época de zozobra y de denuncia, los políticos debieran entender que en los tiempos electorales conviene deponer sus diferencias partidistas para enfrentar un enemigo común, pero hemos visto lo contrario. Los partidos y sus aspirantes presidenciables de PRI, PAN, PRD o coaliciones, se suben al ring de la declaración y la descalificación, sin asumir que también son responsables del crecimiento de este cáncer llamado narcotráfico.
Ojalá su visión de Estado les alcance para entender que conviene desde ahora poner solución de tajo a este flagelo y no esperar a ganar la elección del 2012.
A ningún partido le conviene llegar al poder con una granada en la mano.
               *Subdirectora editorial de Excélsior
         fabiola.guarneros@nuevoexcelsior.com.mx
                Twitter: @Fabiguarneros

Publicado el domingo 11 de diciembre del 2011, les comparto la liga:
http://www.excelsior.com.mx/index.php?m=nota&id_nota=793798