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Autodefensas en Michoacán (foto publicada en Excélsior)
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27 de marzo de 2014

Comisionitis

Los homenajes de los políticos o las formas de solucionar las crisis...

Hoy se cumplen 20 años del asesinato de Luis Donaldo Colosio y la clase política, previsible como es, intenta honrar su memoria con la retórica habitual de este tipo de efemérides. Aunque de manera involuntaria, encontró en los hechos una forma de hacer honor a esta conmemoración más acorde con su práctica habitual de hacer como que resuelve los problemas: resucitando las comisiones especiales en el Congreso.
La comisión especial de legisladores que en el 94 dio seguimiento a las investigaciones del atentado contra el candidato presidencial no fue la primera de su tipo, pero sí fue paradigmático de una forma de abordar las crisis políticas que es, podríamos decirlo así, muy a la mexicana.
Las funciones de los integrantes del Congreso de la Unión están claramente definidas en la Constitución y entre ellas no está la de ser todólogos o ajonjolís de todos los moles. Sin embargo, es explicable dado el protagonismo y la exposición pública inherentes a su cargo: diputado o senador que no tiene pretexto para hablar, no es visto. Y como dice el refrán, santo que no es visto no es adorado... ni tiene oportunidad de impulsar su carrera política.
Aún concediendo que su creación estuvo motivada por la buena fe de vigilar el avance de las indagatorias en un hecho que conmovió a la nación, las comisiones que se instalaron en ambas cámaras para el caso Colosio significaron un festín para los periodistas, porque todos los días daban nota: un clásico de la época era preguntar a cualquiera de sus integrantes si se citaría a declarar a Carlos Salinas de Gortari, con la presunción de que como ex Presidente de la República tendría “información privilegiada” . La respuesta, palabras más, palabras menos, iba siempre: “Citaremos a todos aquellos que puedan aportar elementos a la investigación”. Ya con eso los editores tenían pretexto para cabecear: “El Congreso citará a Carlos Salinas”.
Con una actitud detectivesca, los representantes populares fungieron como una suerte de Ministerio Público paralelo, revisando los expedientes, entrevistando a los personajes involucrados, contradiciendo (¡faltaba más!) las versiones oficiales y elaborando sus propias hipótesis y elucubraciones, que solían ser más bien especulaciones. Por supuesto, no se trataba de llegar a la verdad, sino de comprobar hasta donde fuera posible la hipótesis de que se trató de un crimen de Estado (el famoso complot) y refutar hasta aniquilar la versión del “asesino solitario”.
Porque de lo que se trataba en la comisión era “hacer justicia” y eso significaba necesariamente “ajusticiar” (políticamente hablando, por supuesto) a algún personaje, encontrar el nombre del culpable (sobre todo si ese nombre coincidía con el que proclamaba la vox pópuli) y hacerle pagar por el crimen. De ahí que otra declaración sumamente agradecida por los reporteros era la que, pronunciada por algunos de aquellos fiscales de ocasión, resumía el sentir popular con estas palabras (léanse con toda solemnidad): “Nadie estará por encima de la ley”.
¿Fue útil o no su trabajo para esclarecer esa y otras polémicas (hubo hasta “Comisión del Caso Conasupo”, uno de los tantos escándalos relacionados con Raúl Salinas de Gortari destapados después de que se le acusara de otro crimen político de 1994, el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu)? ¡Por supuesto que no!
Hasta donde recuerdo, las comisiones no aportaron un solo dato que modificara el fondo de los asuntos indagados. Sus resoluciones e “informes” ni siquiera tenían el valor de una recomendación y, dado el poco prestigio que desde entonces arrastraban, tampoco servían para erigirse como una especie de tribunal moral. Máxime si todo el tiempo sus integrantes, provenientes de todos los partidos, utilizaban esos foros para acusar a los adversarios de “falta de voluntad política” para avanzar en la investigación. Y, desde luego, el tiempo y dinero que se consumieron en esos argüendes jamás se tradujeron al menos en leyes que mejoraran la investigación de casos delicados en México. 
Pero también vale la pena recordar en qué contexto surgieron estas comisiones: eran los últimos años del dominio absoluto del Revolucionario Institucional en el Poder Legislativo. En las elecciones de 1994 el PRI aún retuvo la mayoría en el Congreso de la Unión, en el que la oposición (la histórica del PAN sumada a la del recién creado PRD) tuvo una creciente presencia, pero ni siquiera unida contaba todavía con los suficientes votos para resistir la aplanadora priista. En esos años de la transición democrática, las comisiones especiales eran altavoces de la oposición para ofrecer visiones distintas a la oficial. Varios de sus integrantes genuinamente investigaron y encontraron datos que sirvieron para provocar un debate público que hasta ese entonces era mínimo. Se volvieron un contrapeso, de mucho ruido y pocas nueces, pero necesario en las últimas horas de aquella entonces invencible mayoría tricolor.
La situación cambió a partir de 1997, cuando el PRI perdió la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados y desde entonces ninguna fuerza política la ha vuelto a tener. Tres años después, el PAN llegó a la Presidencia de la República. Aparejado a la alternancia, las comisiones especiales perdieron mucho de su valor de contrapeso político y no volvimos a saber de ellas sino hasta ahora, con motivo de los escándalos en Oceanografía y la Línea 12 del Metro. Llama la atención que surgen ahora que el PRI recuperó la Presidencia, y el PAN y PRD viven complejos procesos internos para renovar sus dirigencias nacionales y ambos escándalos afectan a alguno de sus contendientes (el del proveedor de Pemex en el caso del calderonismo, representado por Ernesto Cordero, y el del transporte político en lo que respecta a las aspiraciones de MarceloEbrard).
Sea como fuere, las nuevas comisiones seguramente volverán a ser una fuente rica en declaraciones estridentes y nutriente natural de encabezados periodísticos, pero nada más. Si la clase política quisiera verdaderamente honrar la memoria de Colosio, debería darse cuenta de que aquel mítico discurso donde el candidato veía un México de pobreza sigue vigente en nuestros días, igual que la corrupción y la inseguridad. Lo menos que podrían hacer es dejar de seguir desperdiciando el tiempo y el dinero en infiernillos.
@FabiGuarneros

29 de enero de 2014

De vuelta a la grilla

Nacido con gen panista, Calderón se meterá de lleno en el proceso de renovación de la dirigencia blanquiazul...


Una de esas leyendas urbanas de la política mexicana le atribuye a los expresidentes de la República el poder de seguir moviendo ciertos hilos de la vida nacional después de su mandato.
Y resulta creíble, si se considera el enorme poder que durante el siglo pasado acumularon los señores Presidentes, lo que les permitía, incluso, designar a su sucesor. Pero esa facultad de incidir en la vida política aun después de su sexenio se vio severamente disminuida en los años de la transición democrática y durante la alternancia del poder.
Lo cierto es que, al menos en lo que se veía públicamente, los mandatarios de extracción priista mantenían una presencia menos preponderante en la escena nacional, lo que no significaba su retiro de la política. Miguel de la Madrid, por ejemplo, ocupó la dirección del Fondo de Cultura Económica;Carlos Salinas (después de buscar en el extranjero un lugar dónde vivir) pretendió, sin lograrlo, la presidencia de la naciente Organización Mundial de Comercio y después se fue a Europa, mientras Ernesto Zedillo se incorporó como consultor en diversas compañías internacionales.
Es difícil documentar con datos duros y constatables si siguieron ejerciendo poder e influencia desde los lugares donde andaban, y si fue así, en qué magnitud lo lograron. Pero esa circunstancia nunca ha importado en la mitología política mexicana, tan necesitada de villanos y personajes todopoderosos que maniobren desde la tenebra, por eso tanto alboroto con la aparición el pasado jueves de Zedillo yCalderón en el Foro Económico de Davos, Suiza.
El caso contrario lo representan los dos expresidentes de la era panista que, lejos de mantener el bajo perfil que prefirieron sus antecesores, optaron por hacer notoria su presencia.
En Vicente Fox, esta conducta se dio natural dado su carácter extrovertido, su personalidad lenguaraz y su reiterada pretensión de asemejar su Presidencia a los estándares estadunidenses, como lo expresara su insistencia en seguirse llamando a sí mismo “Presidente” después de concluir su mandato, y su fallida intención de dedicarse a dictar conferencias magistrales. Esta última era una empresa destinada al fracaso por la misma proclividad del guanajuatense a hablar de lo que sea y donde sea a la menor provocación: ¿Quién iba a pagar por algo que él mismo ofrece gratis?
Orgulloso de romper cuantas reglas de oro de la política mexicana hubiera y ya como expresidente, Fox nunca tuvo la intención de guardar silencio cada vez que tuvo enfrente un micrófono, y solía llamar la atención no sólo por la hilaridad de sus dichos, sino por la propia trascendencia del cargo que detentó.
En las épocas del presidencialismo todopoderoso, su actitud le habría valido el exilio simbólico por interferir en la gestión de su sucesor (por no hablar de su llamado a votar en 2012 por Enrique Peña Nieto). En la era de la presidencia acotada, sus declaraciones formaron parte de la inagotable tradición de la picaresca política.
Donde ha sido más activo y más serio —hasta donde puede serlo— es en las actividades del Centro Fox, igual ha traído a cantar a Elton John que promovido un debate internacional como el de la legalización de las drogas (al lado de los exmandatarios de Colombia, César Gaviria, y de Brasil,Fernando Henrique Cardoso, entre otros destacados personajes), lo cual sí tendría algún impacto relevante en la política mexicana, sobre todo por la relevancia que el narcotráfico ha alcanzado en los años recientes.
Menos dado a la declaración de banqueta, Felipe Calderóntampoco ha hecho mutis. Alejado del país por una beca académica en Harvard, ha mantenido una actividad constante en su cuenta de Twitter, lo mismo para opinar de futbol que para defenderse del espionaje en su contra que perpetró Estados Unidos.
En todo caso, su activismo no ha tenido como objetivo primordial influir en el actual gobierno ni insertarse en los grandes debates internacionales, sino meter la cuña en su partido, Acción Nacional. Ya en mayo pasado, en los días previos a la remoción de Ernesto Cordero como coordinador de la fracción panista en el Senado, usó su cuenta en la red social para recordar una “vieja regla del PAN”, la de no ventilar por fuera los asuntos internos.
Nacido con gen panista —como bien lo definió el diputadoJuan Pablo Adame en entrevista con Ivonne Melgar(Excélsior, 22 de enero)—, Calderón se meterá de lleno en el proceso de renovación de la dirigencia blanquiazul, un poco al estilo Fox, por medio de la figura de una organización civil.
En efecto, nuestro periódico informó en la edición del pasado martes que Calderón presentará el próximo 12 de febrero la Fundación Desarrollo Humano Sustentable, que en el papel se propone “contribuir con estudios, opiniones y propuestas de solución para resolver la problemática nacional”. Se trata en realidad del relanzamiento de una agrupación creada en 2004 que, como bien recuerda la nota del reportero HéctorFigueroa, le permitió emprender la búsqueda de la nominación panista a la Presidencia de la República.
Diez años después, es difícil pensar que esta fundación no vaya a cumplir una función política análoga, sobre todo porque el anuncio de su relanzamiento coincide con el arranque del proceso sucesorio en el PAN, marcado por el enfrentamiento entre el grupo calderonista y el que es afín al actual líder, Gustavo Madero.
Sus correligionarios no pueden llamarse a sorpresa. En agosto de 2012, durante una reunión privada en Jurica, Querétaro, Calderón ya les había advertido a los panistas que después de la Presidencia, si algo le sobraría era tiempo para grillar. No sólo para tuitear.
                Twitter: @Fabiguarneros

Publicado en Excélsior el  26 de enero de 2014

8 de enero de 2014

Recordatorios

Ni México es un país de primer mundo ni hemos saldado la deuda social con los pueblos indígenas

Al 2014 lo recibimos con la conmemoración de dos vigésimos aniversarios. Sí, dos asuntos que sorprendieron, prometieron y que encierran más de un paralelismo con el México de hoy.
El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) irrumpió en la escena nacional el primero de enero de 1994 con una muy calculada intención de echar por tierra la pretensión oficial del gobierno, del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, de llevar al país al primer mundo de la mano del Tratado de Libre Comercio (TLC) de América del Norte, que ese mismo día arrancaba.
El lector demasiado joven quizá carezca del contexto necesario para entender la magnitud del significado que ese doble acontecimiento implicó. Un dato esencial era la cada vez más declinante estrella del Partido Revolucionario Institucional, que a partir de ese año iría cediendo poder de manera paulatina, en una transición democrática que seis años después haría posible una alternancia en la Presidencia de la República que muchos creían imposible.
Los acontecimientos que ocurrieron en cascada en 1994 (dos magnicidios políticos y el inicio de la más espeluznante crisis económica que se recuerde en décadas) parecían cavar la tumba del partido que había gobernado durante más de seis décadas, mientras que, curiosa paradoja, los alzados en armas gozaban de un respaldo social, a escala incluso internacional, que los auspició para dar lugar a un diálogo en el que nadie dudaba de la pertinencia de sus demandas.
Dos décadas después ocurre un escenario poco previsible a la luz de los hechos descritos: lejos de extinguirse, el Revolucionario Institucional aglutinó fuerzas y recuperó la Presidencia de la República; sin contar con una mayoría abrumadora en el Congreso (como la que tuvo en sus años de esplendor), impulsó su agenda de cambios estructurales y ahora tiene en la recién aprobada Reforma Energética un poderoso talismán para volver a presumir el arribo de México a la senda del desarrollo.
¿Y el zapatismo? Puede jactarse de que este vigésimo aniversario lo retornó al protagonismo mediático del que estaba desaparecido. Pero lo cierto es que, salvo por ocasionales apariciones de su más notorio dirigente y los registros que lleva la prensa que le es más fiel, ese movimiento parecía prácticamente extinguido. Y es que, una vez pasada la sorpresa de su irrupción, su incorporación al abigarrado paisaje político mexicano sólo podía presagiar que se integrara al casi siempre escindido segmento de la izquierda, incapaz de hacer un frente común para reivindicar de manera eficaz sus demandas.
Rebasado por el avance electoral del PRD y otros partidos de ideologías afines, el zapatismo fue quedando como un actor aislado, sin integrarse a ninguno de los grandes grupos que dominan la izquierda institucional, y permaneciendo más como una presencia moral (no creo que a estas alturas alguien siga tomando de manera literal lo de su declaración de guerra, ni ellos mismos). Tampoco pudo gestionar a escala nacional su reiterada demanda de cumplimiento de los acuerdos de San Andrés Larráinzar, que no resultaron satisfechos con la ley de derechos y cultura indígena de 2001.
Por eso, llama la atención que el actual gobierno los siga considerando como interlocutor y piense, tal como anunció el comisionado para el Diálogo con los Pueblos Indígenas,Jaime Martínez Veloz, en la redacción de una iniciativa enriquecida que permita reanudar el diálogo con el EZLN. Una propuesta “remasterizada” que tendría como base los acuerdos de Larráinzar de 1996 más el Plan Nacional de Desarrollo, el Pacto por México, el protocolo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo y la declaración de la ONU en materia de derechos indígenas. (Entrevista deAndrés Becerril publicada en Excélsior el pasado domingo 29 de diciembre).
Más allá del curso que siga esa intención, el gobierno tiene en marcha otro proyecto que, como dio a conocer la periodistaLeticia Robles de la Rosa en estas páginas el pasado 26 de diciembre, pretende subsidiar a comunidades étnicas a fin de garantizar sus derechos, a partir del reconocimiento oficial de que se trata de sectores que han enfrentado carencias históricas. Entre otros puntos, se destinarían fondos al desarrollo de actividades de defensoría y litigios en materia penal y civil, y se ayudaría a la reubicación de población indígena desplazada.
Más allá de la efectividad que puedan tener estas políticas, lo que dejan en claro es que, si bien el Tratado de Libre Comercio no fue el demonio que vaticinaban sus acérrimos enemigos, tampoco representó esa vía idílica al primer mundo que auguraban sus promotores. Veinte años después, sigue habiendo mucho por hacer para reivindicar a la población indígena que, por algún momento, pensó que la de las armas era la única vía para hacerse oír.
Que este doble festejo sirva de recordatorio de una asignatura pendiente que, es de esperarse, no vuelva a quedar sepultada por nuevas coyunturas y prioridades.
**Artículo publicado en Excélsior el 4 de enero de 2014