El radio del Volkswagen 71 falló. Dejamos de escuchar a Sergio Rod y su transmisión de "Batas, pijamas y pantuflas". Yo sólo sentí un movimiento raro en el coche, como si otro auto le hubiera pegado por la parte de atrás.
"¡Está temblando", dijo mi mamá, mientras metía freno al vocho. En el radio ya no se escuchaba nada y yo sólo vi como se movían los cables sujetados a los postes de luz. Eran las 7:19 de la mañana, apenas teníamos unos minutos para llegar a tiempo a la secundaria y esa era la preocupación de mi hermano, no llegar tarde.
Esperamos unos minutos, igual que los otros vehículos que circulaban por la calzada Ermita, y continuamos la marcha. El tráfico se hizo pesado, lento, y ya no nos acompañaba, como todos los días, la voz del locutor del programa de radio que le gustaba a mi mamá escuchar mientras manejaba.
Llegamos tarde a la secundaria y sólo encontramos escombros. Uno de los edificios de la escuela se derrumbó y el otro resultó dañado. Afortunadamente no había niños adentro, la hora de entrada era 7:20 y Faustita, la directora, era muy quisquillosa con los horarios y las reglas.
No entendí en ese momento la magnitud del temblor ni tampoco por qué se había callado Sergio Rod. Años después supe que había muerto en el sismo del 85 mientras estaba en la cabina.
Como estaba con mis amigas y todas estábamos bien esa mañana del 19 de septiembre no sentí angustia, no entendía lo que pasaba. El miedo llegó horas después, cuando empezó a oscurecer y no había luz, en las calles había mucha gente y hablaban de una posible réplica, de una especie de amenaza.
Mi mamá decidió que nos juntaríamos con la familia en casa de mi tío, una casa muy grande, donde estaban mi abuela y bisabuela. Ahí nos quedamos un buen tiempo.
Mi tío Andrés estaba muy preocupado porque no sabia nada de mi tía Francis. Ella trabajaba en el edificio de Televicentro que se derrumbó esa mañana y debía estar ahí, pues su hora de entrada era las 6 de la mañana.
Francis se salvó. La noche anterior se había reunido con un corresponsal de Televisa, ella era la coordinadora de corresponsales nacionales, y bebieron hasta entrada la madrugada. No llegó a tiempo a Televicentro.
Cuando Francis llegó a Televisa y vio el desastre pensó que era un ataque y se subió a una moto patrulla y recorrió el centro de la Ciudad, vio la devastación. Se encontró a Jacobo Zabludovsky y le comentó lo que ella había visto. Jacobo hizo lo suyo, salió a reportear y transmitir en vivo lo que se podía.
Cuando mi tía llegó a la casa, que se convirtió en el bunker familiar, traía con ella cientos de hojas con nombres de personas reportadas como desaparecidas. Nuestra tarea consistía en ordenar los nombres por orden alfabético, por zona, por edad. Esos nombres que habíamos ayudado a ordenar durante semanas se transmitieron en el espacio de "XHGC al Servicio de la Comunidad".
La secundaria la terminé en aulas prefabricadas, cursaba el tercer
grado. Antes de que montaran esos salones de lámina en el patio trasero
de la escuela, nos mandaron a la Secundaria 127 a tomar clases cada
tercer día, porque ellos tenían que atender a sus propios alumnos. No
nos gustaba, allá en esa escuela éramos los arrimados.
Las aulas
prefabricadas, en cambio, eran para nosotros, quizá por eso nos
sentimos contentos cuando nos informaron que regresaríamos a nuestra
Secun, con nuestros compañeros y amigos.
Hoy han pasado 26 años y vienen los recuerdos para desempolvarlos.
Foto de Ulises Castellanos
En 2010 cumplí 18 años como periodista y entonces me sentí con la mayoría de edad para tener un blog.
La imagen de la noticia
Autodefensas en Michoacán (foto publicada en Excélsior)
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19 de septiembre de 2011
25 de enero de 2011
Un obispo incómodo
Escuché el nombre de Samuel Ruiz en 1994. El mismo año en que el país se sacudió con el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y el asesinato de Luis Donaldo Colosio. Fue entonces cuando me asignaron por primera vez, en El Universal, una fuente: la religiosa.
Y en los pasillos de la secretaría general del Episcopado Mexicano (en Calzada de los Misterios), en la Nunciatura Apostólica (en Insurgente Sur) y en la Dirección de Gobernación para Asuntos Religiosos (en la calle de Liverpool) se comentaba con preocupación la pastoral social que el obispo Samuel Ruiz desarrollaba en San Cristóbal de las Casas.
Samuel Ruiz era un obispo incómodo para muchos.
Se le asoció con el movimiento zapatista, se le responsabilizó de la expulsión de dos sacerdotes extranjeros que se involucraron con el levantamiento indígena y de fomentar las comunidades eclesiales de base.
Fue un obispo vigilado por El Vaticano por su simpatía con la Teología de la Liberación y su teología indígena sembrada en San Cristóbal de las Casas desde 1959, cuando inició su labor en esa diócesis.
Samuel Ruiz conoció y entendió la miseria, la marginación de los indígenas chiapanecos y se preocupó por su fe. Modificó sus ropas religiosas para usar tejidos chamulas y tzotziles en el solideo y en la estola.
La influencia del "Tatic" (que significa padre en tzotzil) en la región y su involucramiento con los zapatistas y el subcomandante Marcos despertó sospechas, que se profundizaron cuando el EZLN lo escogió para ser intermediario ante el gobierno de Carlos Salinas.
Y mientras Samuel Ruiz participaba en las mesas de diálogo con el gobierno federal, como integrante de la Comisión Nacional de Intermediación (Conai), y trataba de acercar las posturas irreconciliables de Manuel Camacho y Marcos, la jerarquía católica hacía lo suyo: enviaba informes al Vaticano sobre el "protagonismo" de Samuel Ruiz.
Las cartas de México llegaron a la sede papal. El Vaticano envió a San Cristobal a un representante de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Les interesaba saber más sobre esa teología indígena y pastoral social de Samuel Ruiz.
Al entonces nuncio Girolamo Prigione y al hoy Papa, Joseph Ratzinger, les preocupaba la influencia pastoral del obispo de la Teología de la Liberación.
A los jerarcas católicos de la Santa Sede les preocupó lo que encontraron en San Cristóbal y le mandaron un obispo coadjutor. En agosto de 1995 llegó Raúl Vera, un prelado que venía de la diócesos de Ciudad Altamirano, Guerrero.
El Episcopado Mexicano también hizo su propia investigación. María de los Ángeles Fernández Mondragón, una de las mejores reporteras de la fuente religiosa, recordó en su columna titulada "El retablo de las maravillas", que el Consejo de Presidencia de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), que presidía el arzobispo Luis Morales Reyes, encargó a Jean Meyer una investigación sobre la situación que se vivía en la diócesis de San Cristóbal de las Casas.
Jean Meyer hizo un libro: "Samuel Ruiz, en San Cristóbal". Y definió al obispo con la siguiente frase:
“Pertenece a una generación que recuerda con claridad la frase de San Bernardo: Nosotros aquí somos como guerreros en el campamento, tratando de tomar el cielo por asalto, y la existencia del hombre sobre la tierra es la de un soldado”. Dicen que a la presentación de la primera edición del libro, Samuel Ruiz no se presentó.
Samuel Ruiz hacía ruido y eso resultó molesto para la jerarquía católica mexicana y para el gobierno federal. Y en 1999 llegó el milagro. Samuel Ruiz cumplía 75 años y tenía que presentar su renuncia al Vaticano para convertirse en obispo emérito. La solicitud fue aceptada por El Vaticano que, además, hizo un segundo movimiento: cambió al obispo Raúl Vera de diócesis. Lo mandó a Saltillo, Coahuila.
Y un año antes, en 1998, Samuel Ruiz ya había renunciado a su mediación en el conflicto zapatista.
El lunes 24 de enero de 2011 murió el Samuel fundador del centro de derechos humanos Fray Bartolomé de las Casas, el integrante de la Conai, el obispo de las causas indígenas, el que fue ligado al movimiento zapatista, el que se sentó con Marcos y Manuel Camacho.
Murió el Samuel Ruiz que incomodó a los representantes de la iglesia católica y al gobierno de Salinas.
Fotos: Archivo de Excélsior
Y en los pasillos de la secretaría general del Episcopado Mexicano (en Calzada de los Misterios), en la Nunciatura Apostólica (en Insurgente Sur) y en la Dirección de Gobernación para Asuntos Religiosos (en la calle de Liverpool) se comentaba con preocupación la pastoral social que el obispo Samuel Ruiz desarrollaba en San Cristóbal de las Casas.
Samuel Ruiz era un obispo incómodo para muchos.
Se le asoció con el movimiento zapatista, se le responsabilizó de la expulsión de dos sacerdotes extranjeros que se involucraron con el levantamiento indígena y de fomentar las comunidades eclesiales de base.
Fue un obispo vigilado por El Vaticano por su simpatía con la Teología de la Liberación y su teología indígena sembrada en San Cristóbal de las Casas desde 1959, cuando inició su labor en esa diócesis.
Samuel Ruiz conoció y entendió la miseria, la marginación de los indígenas chiapanecos y se preocupó por su fe. Modificó sus ropas religiosas para usar tejidos chamulas y tzotziles en el solideo y en la estola.
La influencia del "Tatic" (que significa padre en tzotzil) en la región y su involucramiento con los zapatistas y el subcomandante Marcos despertó sospechas, que se profundizaron cuando el EZLN lo escogió para ser intermediario ante el gobierno de Carlos Salinas.
Y mientras Samuel Ruiz participaba en las mesas de diálogo con el gobierno federal, como integrante de la Comisión Nacional de Intermediación (Conai), y trataba de acercar las posturas irreconciliables de Manuel Camacho y Marcos, la jerarquía católica hacía lo suyo: enviaba informes al Vaticano sobre el "protagonismo" de Samuel Ruiz.
Las cartas de México llegaron a la sede papal. El Vaticano envió a San Cristobal a un representante de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Les interesaba saber más sobre esa teología indígena y pastoral social de Samuel Ruiz.
Al entonces nuncio Girolamo Prigione y al hoy Papa, Joseph Ratzinger, les preocupaba la influencia pastoral del obispo de la Teología de la Liberación.
A los jerarcas católicos de la Santa Sede les preocupó lo que encontraron en San Cristóbal y le mandaron un obispo coadjutor. En agosto de 1995 llegó Raúl Vera, un prelado que venía de la diócesos de Ciudad Altamirano, Guerrero.
El Episcopado Mexicano también hizo su propia investigación. María de los Ángeles Fernández Mondragón, una de las mejores reporteras de la fuente religiosa, recordó en su columna titulada "El retablo de las maravillas", que el Consejo de Presidencia de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), que presidía el arzobispo Luis Morales Reyes, encargó a Jean Meyer una investigación sobre la situación que se vivía en la diócesis de San Cristóbal de las Casas.
Jean Meyer hizo un libro: "Samuel Ruiz, en San Cristóbal". Y definió al obispo con la siguiente frase:
“Pertenece a una generación que recuerda con claridad la frase de San Bernardo: Nosotros aquí somos como guerreros en el campamento, tratando de tomar el cielo por asalto, y la existencia del hombre sobre la tierra es la de un soldado”. Dicen que a la presentación de la primera edición del libro, Samuel Ruiz no se presentó.
Samuel Ruiz hacía ruido y eso resultó molesto para la jerarquía católica mexicana y para el gobierno federal. Y en 1999 llegó el milagro. Samuel Ruiz cumplía 75 años y tenía que presentar su renuncia al Vaticano para convertirse en obispo emérito. La solicitud fue aceptada por El Vaticano que, además, hizo un segundo movimiento: cambió al obispo Raúl Vera de diócesis. Lo mandó a Saltillo, Coahuila.
Y un año antes, en 1998, Samuel Ruiz ya había renunciado a su mediación en el conflicto zapatista.
El lunes 24 de enero de 2011 murió el Samuel fundador del centro de derechos humanos Fray Bartolomé de las Casas, el integrante de la Conai, el obispo de las causas indígenas, el que fue ligado al movimiento zapatista, el que se sentó con Marcos y Manuel Camacho.
Murió el Samuel Ruiz que incomodó a los representantes de la iglesia católica y al gobierno de Salinas.
Fotos: Archivo de Excélsior
6 de agosto de 2010
Periodista Siempre
¿Quién era Fidel Samaniego?
La respuesta salta de la memoria y del alma, de la convivencia y del agradecimiento.
Era un amante de las redacciones, un apasionado del oficio periodístico. Un cronista imparable y reportero siempre.
Lo seducían las historias, los rostros, los olores, los contextos, los datos, las anécdotas, las grillas políticas y eso lo escribía en sus crónicas.
Fue maestro de muchos, quizá sin saberlo, porque en cada plática contagiaba pasión por el oficio. Como reportero cubrió todas las fuentes de información, desde la policiaca hasta la Presidencia, pasando por el Congreso de la Unión y la ciudad.
No le tenía miedo a la calle y escribió de todo: notas, entrevistas, reportajes, crónicas política, parlamentaria o la historia de una marcha por Reforma.
18 años de estrecha amistad. Fidel Samaniego vió nacer mi carrera, me tuteló, confió en mi y acompañó todos estos años.
Lo conocí en El Universal cuando yo empezaba a reportear. Me tocaba hacer las guardias de la redacción y eso incluía tomar el dictado, vía telefónica, de los reporteros enviados. Que Fidel me dictara una crónica o una nota era un verdadero privilegio, porque lo escuchaba estructurar su información.
Entré a El Universal junto con Adriana Díaz y Claudia Salazar (mis mejores amigas) y nos acercábamos a Fidel Samaniego para que revisara nuestras notas. Siempre nos hacía repetirlas, nos corregía la entrada, luego el segundo párrafo y así hasta que quedaba una nueva nota informativa.
Pero creyó en nosotras, nos escuchaba, nos corregía, nos conducía. Las tres nos turnábamos las giras que Carlos Salinas hacía en el D.F. para poder acompañar a Fidel y aprenderle de cerca. Queríamos compartir la firma con él.
Pasaron los años y se hizo coordinador de asuntos especiales. Formó un equipo de reporteros de investigación y llevó a El Universal a Patricia Zugayde, una excelente reportera del sector justicia, referente obligada para esos temas.
Le debo a Fidel que pusiera en mi camino a Paty Zugayde, mi hermana. No, hermana de las tres, también de Adri y Clausa.
Ufff..., disculpen, los recuerdos se amotinan y quieren salir atropeyando las ideas.
Fidel me regaló mi primer libro de Truman Capote --jeje, luego tuve otros dos--, A Sangre Fría.
"El narigón cronista", "La leyenda italiana", como él mismo se nombraba fue también mi cómplice en las decisiones laborales. Mi paso a Excélsior fue discutido ampliamente con él.
Lo último que reporteamos juntos fue la campaña presidencial de Francisco Labastida, en el 2000. Él iba por La Crónica y yo por El Universal. Después regresó a la que siempre consideró su casa y juntos nuevamente planeamos las coberturas de la Cámara de Diputados, del Senado y los asuntos especiales.
En el 2006 nos separamos físicamente, pues yo sólo cruce Bucareli para entrar a Excélsior.
La noticia de su muerte me sorprendió hoy. Un infarto al corazón.
Por fortuna estaba con Gerardo Galarza, otro querido amigo que compartió muchas aventuras con Fidel.
-¡Quibubo Satán!-, le decía Fidel a Gerardo.
-¡Quihubo Satán!-, le respondía.
Luego ese saludo derivó en Detente Satán maldito...
Me cuenta Gerardo que ese juego de palabras surgió cuando López Portillo ordenó el boicot publicitario contra Proceso y obligó a la revistsa a despedir a 40 trabajadores. Era mayo de 1982.
Luego, el 7 de junio, celebrando el Día de la Libertad de Expresión, Francisco Martínez de la Vega le dijo al entonces presidente que no se valía que hubiera medios satanizados (Proceso y Crítica Política, que desapareció), y la respuesta de López Portillo fue: "No pago para que me peguen".
Los reporteros somos una familia muy grande y pasamos más tiempo juntos que con nuestras propias familias, por eso duele tanto.
Hoy Fidel me volviste a enseñar algo: el valor de la memoria, la grandeza de la amistad que construye y los dolores de la adultez
Te voy a extrañar tanto querido amigo, tus consejos y tus palmadas.
"Periodista siempre": Fidel Samiengo. Seguro en tu gran viaje ya sacaste la libreta y la pluma.
Fotos del archivo de El Universal
La respuesta salta de la memoria y del alma, de la convivencia y del agradecimiento.
Era un amante de las redacciones, un apasionado del oficio periodístico. Un cronista imparable y reportero siempre.
Lo seducían las historias, los rostros, los olores, los contextos, los datos, las anécdotas, las grillas políticas y eso lo escribía en sus crónicas.
Fue maestro de muchos, quizá sin saberlo, porque en cada plática contagiaba pasión por el oficio. Como reportero cubrió todas las fuentes de información, desde la policiaca hasta la Presidencia, pasando por el Congreso de la Unión y la ciudad.
No le tenía miedo a la calle y escribió de todo: notas, entrevistas, reportajes, crónicas política, parlamentaria o la historia de una marcha por Reforma.
18 años de estrecha amistad. Fidel Samaniego vió nacer mi carrera, me tuteló, confió en mi y acompañó todos estos años.
Lo conocí en El Universal cuando yo empezaba a reportear. Me tocaba hacer las guardias de la redacción y eso incluía tomar el dictado, vía telefónica, de los reporteros enviados. Que Fidel me dictara una crónica o una nota era un verdadero privilegio, porque lo escuchaba estructurar su información.
Entré a El Universal junto con Adriana Díaz y Claudia Salazar (mis mejores amigas) y nos acercábamos a Fidel Samaniego para que revisara nuestras notas. Siempre nos hacía repetirlas, nos corregía la entrada, luego el segundo párrafo y así hasta que quedaba una nueva nota informativa.
Pero creyó en nosotras, nos escuchaba, nos corregía, nos conducía. Las tres nos turnábamos las giras que Carlos Salinas hacía en el D.F. para poder acompañar a Fidel y aprenderle de cerca. Queríamos compartir la firma con él.
Pasaron los años y se hizo coordinador de asuntos especiales. Formó un equipo de reporteros de investigación y llevó a El Universal a Patricia Zugayde, una excelente reportera del sector justicia, referente obligada para esos temas.
Le debo a Fidel que pusiera en mi camino a Paty Zugayde, mi hermana. No, hermana de las tres, también de Adri y Clausa.
Ufff..., disculpen, los recuerdos se amotinan y quieren salir atropeyando las ideas.
Fidel me regaló mi primer libro de Truman Capote --jeje, luego tuve otros dos--, A Sangre Fría.
"El narigón cronista", "La leyenda italiana", como él mismo se nombraba fue también mi cómplice en las decisiones laborales. Mi paso a Excélsior fue discutido ampliamente con él.
Lo último que reporteamos juntos fue la campaña presidencial de Francisco Labastida, en el 2000. Él iba por La Crónica y yo por El Universal. Después regresó a la que siempre consideró su casa y juntos nuevamente planeamos las coberturas de la Cámara de Diputados, del Senado y los asuntos especiales.
En el 2006 nos separamos físicamente, pues yo sólo cruce Bucareli para entrar a Excélsior.
La noticia de su muerte me sorprendió hoy. Un infarto al corazón.
Por fortuna estaba con Gerardo Galarza, otro querido amigo que compartió muchas aventuras con Fidel.
-¡Quibubo Satán!-, le decía Fidel a Gerardo.
-¡Quihubo Satán!-, le respondía.
Luego ese saludo derivó en Detente Satán maldito...
Me cuenta Gerardo que ese juego de palabras surgió cuando López Portillo ordenó el boicot publicitario contra Proceso y obligó a la revistsa a despedir a 40 trabajadores. Era mayo de 1982.
Luego, el 7 de junio, celebrando el Día de la Libertad de Expresión, Francisco Martínez de la Vega le dijo al entonces presidente que no se valía que hubiera medios satanizados (Proceso y Crítica Política, que desapareció), y la respuesta de López Portillo fue: "No pago para que me peguen".
Los reporteros somos una familia muy grande y pasamos más tiempo juntos que con nuestras propias familias, por eso duele tanto.
Hoy Fidel me volviste a enseñar algo: el valor de la memoria, la grandeza de la amistad que construye y los dolores de la adultez
Te voy a extrañar tanto querido amigo, tus consejos y tus palmadas.
"Periodista siempre": Fidel Samiengo. Seguro en tu gran viaje ya sacaste la libreta y la pluma.
Fotos del archivo de El Universal
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